a)
Almuerzo.
Nos
integramos en un comedor común en el que la mitad de la gente... bueno... está
comiendo. Irrumpimos en la sala con un "Buen provecho" (porque si
decimos o , podemos herir a aquellos que
utilizan como rango comparativo las 12am para distinguir antes y después del
meridiano; otros infieren en la "tarde" después de las 13hs; algunos
otros saludan con esa expresión sólo después de almorzar... y unos pocos
decimos "Buen día" en tanto no hayamos visto a esa persona durante
toda la jornada). Volviendo al ámbito, concluimos en un "Buenas
tardes"... Y en ese momento... si prestamos atención, podemos ver a
diferentes personas que en el acto de no faltar a la educación pueden incurrir
a ella en el mismo gesto. ¿Cómo? Al querer contestar y terminar de digerir la
comida que se encuentar en la cavidad bucal, con lo cual en un ademán
apresurado por tragar, pueden ahogarse y consecuentemente, exhibir un color
violáceo y un brillo en los ojos como notación de la asfixia percibida.
b)
Casual.
Esos
encuentros ocasionales en la entrada del Edificio, en los ascensores... los
cuales duran milésimas de segundo y sin embargo nunca se sabe cómo reaccionar.
Si se pasa por al lado de la persona, el solo contacto visual bastaría para
cumplir con la costumbre, pero en ese instante... uno pocas veces sabe si éso
es suficiente. Ocurre la contorsión involuntaria para acercarse a la otra
persona, aún desconociendo si la otra entidad se volcará sobre nosotros para
contribuir al gesto. En ocasiones positivas, resulta. En otras, nos quedamos a
la espera de ese saludo que no vino, que no pasó y que intentamos remediar con
cualquier otro gesto que opaque la turbación que nos inunda durante los
segundos anteriormente vividos.
c)
Como último ejemplo tomamos esas situaciones en las que no recordamos el nombre
del otro, de aquel sujeto que vemos a diario, con el cual hemos compartido
esperas de ascensor, la expectativa de ver cómo se cocina la comida en el
microondas y quién sabe si también nos lo hemos encontrado intentando zarandear
la máquina de golosinas cuando el artículo que queremos está ahí... al borde...
a punto de ser lanzado hacia nuestras manos... pero no. Casi... quizá.... por
poco, pero NO cae.
Ante
este hecho intentamos no usar -obviamente- nombres propios, porque es
justamente lo que no podemos evocar. Preguntas ambiguas como "¿Cómo le
va?" "¿Todo bien?" o "Hace mucho que no lo/a veía"
auxilian al emisor del mensaje.
Otras
veces, esperamos que más gente se sume a la reunión improvisada intentando
menoscabar nuestro grado de ansiedad por enconmendar a la memoria, en el
afan de sujetar el nombre en el caso que ocurra la mención.
Todos
estos ejemplos citan el tan ponderado "Saludo laboral", generador de
sudores improvisados, enrojecimiento facial, tos convulsa ( producto del típico
catarro nervioso) y otros tipos de sintomatologías que tan al descubierto nos
dejan.
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