El horno, ese
instrumento con el que algunas se pelean como si de hinchadas de diferentes
clubes se tratara, es un dispositivo cerrado, sellado y compacto que emana un
calor de la puta madre que lo parió.
Temperaturas
elevadísimas que te permiten y facilitan cocinar un buen pollo, un pedazo de
lomo, una tarta y que también te llevan al fracaso cuando olvidaste bajar la
perillita o cuando se te arrebató la torta.
Sin embargo otras
fuentes de calor son necesarias como ser las fogatas que se practican al aire libre
cuando vas a algún campamento de niño, adolescente o de adulto. Y también
cuando nos levanta fiebre, padecemos los avatares de la temperatura.
Estos son ejemplos del
contacto que tenemos con estos productos liberadores de energía.
Y hoy por hoy, días en
los que siento incendiarse mi interior (y nada tiene que ver la acidez
estomacal) me puse a pensar estrategias para paliar estas temperaturas
inmundas.
Cierto es, que hay
planes de evacuación para incendios, terremotos, tsunamis, tornados y
cualquier otra catástrofe de la naturaleza que en pos de prever su aparición,
incluso, se han diseñado dispositivos que llevan la gracia de un personaje del
mago de Hoz (ver "Dorothy" en la película "Tornado").
Entonces, se me ocurrió
como salida suprema, extrema pero curativa, la visita premeditada al
supermercado. No a cualquiera sector. En estos días es conveniente pasearse por
el sector de los lácteos, ésos en los que las heladeras producen escarchas y la
olvidada piel de pollo. Rocky entrenaba en un frigorífico según me enteré hoy,
así que no veo por qué no poder disfrutar de las grandes marcas que si bien
otorgan descuentos a través del revestimiento de la sobrefijación de precios,
también pueden brindar esto a expensas de ellos.
Recientemente se ha
visto también a personas en situación de calle, transeúntes y oficinistas,
pegarse un chapuzón en alguna de las fuentes que adornan nuestra bella ciudad.
Tengo cierto recelo frente a eso porque generalmente contienen en su interior
algún dispositivo eléctrico con el objetivo de iluminar Buenos Aires una vez
caiga el sol. El nivel de riesgo de quedar como una achura, con el tejido
cutáneo similar a una pasa de uva (las rubias o las morochas) es muy alta. Como
también lo es encontrar moneditas de cincuenta centavos, o de veinticinco
(dependiendo del día del mes en que nos encontremos) que algunos boluditos
tiran intentando pedir deseos que ya fueron evadidos por Dios, San Expedito y
alguna otra cosa impalpable que se ha desentendido de semejante pelotudez.
Yo creo que en contra
de la enseñanza que nuestras madres nos han sabido transmitir, deberíamos tener
el permitido de abrir el freezer unos quince segundos por hora para poder
aspirar esa cantidad de hielo de manera asquerosa y sin tapujos. Porque el
sentimiento que te invade cuando el agua congelada toma contacto con las
mucosas... es la misma sensación del gol que gritas después de ver la mejor
chilena del mundo. Extraordinarios son los segundos que dura eso... aunque
después se venga la cagada a pedos de algún adulto que circunda por ahí o el
arremeter del superyo.
Otra plan B que se
manifiesta AO VIVO es la posibilidad de abastecerse de rolitos o hielo seco.
Generalmente esto último se utiliza en eventos donde adquieren formas
celestiales, mitológicas e ilegítimas para ornamentar la reunión. No sé si
tuvieron el agrado de estar en contacto con él, pero el hielo seco es un tanto
pegote... es como comer el helado ”torpedo” cuando recién lo sacas del
envoltorio... hay una especie de baba que te lleva a evaluar si lo vas a tirar
o te lo clavas de una. Y en la mayoría de las veces, hacés lo segundo. Pero
bueno, cuando ya lo descubriste, el helado está revestido de una fina película
blanca que si la miras... expulsa humo. Creo que es hielo seco y si no lo es,
vamos a hacer como sí, porque es mi ejemplo en esta nota y no se me ocurre otra.
Y bueno... de este lado
del trópico la cosa está más o menos. Tendríamos que considerar la adquisición de artefactos que saturan los
voltios diarios, que revientan la térmica pero que aún así, cuando funcionan en
condiciones óptimas, sentimos la más llana y placentera sensación de
bienestar... y ahí, aparece el reflejo pilomotor haciendo lo suyo. “Y pasan los
días... pasan las horas” y llega nuevamente el cambio de estación a otoño, a
invierno y nos volveremos a quejar. Porque el ser humano no se conforma con lo
uno ni con lo otro. Algunos primates sienten esa necesidad casi cuajante de
queja constante e infantil frente a algo que está, que no está, que existe o
que está siendo fingido. Por estas cuestiones es que se han guionado y dirigido
películas del estilo de “¿Quién dijo que es fácil?” o “No sos vos, soy yo”.
Nada nos viene bien,
nada nos conforma y nada personal (Soda Stéreo dixit)
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