Tal
como los vendedores ambulantes de blancos que nos ofrecen toallones, toallas,
más largos, más cortos, con mayor o menor grado de absorción... tenemos esta
vasta matriz en las mujeres. Y no sólo en cualquier mujer que podría pasar fin
de semanas enteros en comercios aplicándose calor o frío en el cabello o por el
contrario, espacios cerrados preferentemente en hoteles, inundados de vapor,
acompañadas de personas que estrujan su mano en nuestro lumbago, etc.
Pero,
si hay variedad de letras en el word, si existen la pluralidad de quesos,
colores primarios y si estamos aptos de elegir entre cinco o seis canales de
aire, porqué no habría de verificar las múltiples adultas que incurren en las
especialidades médicas. Porque nos acompañan a lo largo de nuestra vida, desde
el momento mismo de la concepción hasta el alumbramiento también llamado acto
de parir, dónde no sólo el especialista en partes bajas es nuestro acompañante,
sino que hay que depurar una lista de profesionales que incluyen obstetra,
anestesista, partera y afines.
Otro
grupo en donde recae su fijación en lo oral, intentará sacar una cinta vip en
el consultorio del odontológico para arreglar un premolar, instalar un gancho
sujetador entre la segunda y tercer muela; extirpar aquella del juicio;
realizar una limpieza a fondo de las piezas dentales porque te quedaste
pensando en esa publicidad en la cual un grupo de periodistas ingresan de
manera disruptiva en el baño de ese sujeto hostigándolo al cepillado frecuente
de su dentadura.
Reservemos
un lugar para aquellas que ante la impronta de estar cerca de la mediana edad,
incluso faltando cerca de una década pero ante la premisa que oportunamente
escucharon desde chicas "mejor prevenir que curar" o " mejor el
remedio que la enfermedad" y la última versión - y bastante contradictoria
con las anteriores- "lo mejor está por venir"... sacan turnos
desmedidos con el reumatólogo, traumatólogo, médico clínico (y acá quisiera
citar la expresión: médico de cabecera. Tengo la imagen difusa gracias al
cielo, de un señor alto, pelado y con olor a eucaliptus emanando de toda su
esencia, quien fuera el especialista de mi abuelita. Ibamos en el intervalo
entre novela y novela siendo arrastrada quien suscribe, por las calles del
barrio que me vio crecer, irme, regresar y volver a volar (Como Patricia Sosa)
para llegar a tiempo. Porque en esa época, los turnos eran a horario. Ahora
llegas ya con una demora de treinta y cinco minutos, y dependiendo la
singularidad de la especialización veremos dilatado el encuentro por partos
inesperados, accidentes automovilístico, alteraciones mentales que requieran la
viva presencia del experto, etcétera, etcétera, etcétera.
Decía
entonces que frente al anhelo de llegar lo mejor posible a la cresta de la ola
para después bajar de manera vertiginosa bajo la acción exclusiva del campo
gravitatorio, solicitamos y exigimos placas panorámicas. Sentimos una necesidad
casi incontenible de exponernos a los rayos
x en el rostro, torso, espalda, cintura, piernas, tórax y si nos queda
tiempo también vamos al gastroenterólogo pero por una afección presente y real
debido al malestar que nos ocasionó lo anteriormente descripto.
Claro
que en todo esto nos olvidamos de la tan citada y eludible frase Carpe Diem. Corolario de “La sociedad de
los poetas muertos”, otra de las tantas películas que me vieron crecer, grabada
en VHS que nunca pudo superar la trasmutación a DVD.
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