lunes, 30 de diciembre de 2013

Médicos



Tal como los vendedores ambulantes de blancos que nos ofrecen toallones, toallas, más largos, más cortos, con mayor o menor grado de absorción... tenemos esta vasta matriz en las mujeres. Y no sólo en cualquier mujer que podría pasar fin de semanas enteros en comercios aplicándose calor o frío en el cabello o por el contrario, espacios cerrados preferentemente en hoteles, inundados de vapor, acompañadas de personas que estrujan su mano en nuestro lumbago, etc.
Pero, si hay variedad de letras en el word, si existen la pluralidad de quesos, colores primarios y si estamos aptos de elegir entre cinco o seis canales de aire, porqué no habría de verificar las múltiples adultas que incurren en las especialidades médicas. Porque nos acompañan a lo largo de nuestra vida, desde el momento mismo de la concepción hasta el alumbramiento también llamado acto de parir, dónde no sólo el especialista en partes bajas es nuestro acompañante, sino que hay que depurar una lista de profesionales que incluyen obstetra, anestesista, partera y afines.
Otro grupo en donde recae su fijación en lo oral, intentará sacar una cinta vip en el consultorio del odontológico para arreglar un premolar, instalar un gancho sujetador entre la segunda y tercer muela; extirpar aquella del juicio; realizar una limpieza a fondo de las piezas dentales porque te quedaste pensando en esa publicidad en la cual un grupo de periodistas ingresan de manera disruptiva en el baño de ese sujeto hostigándolo al cepillado frecuente de su dentadura.
Reservemos un lugar para aquellas que ante la impronta de estar cerca de la mediana edad, incluso faltando cerca de una década pero ante la premisa que oportunamente escucharon desde chicas "mejor prevenir que curar" o " mejor el remedio que la enfermedad" y la última versión - y bastante contradictoria con las anteriores- "lo mejor está por venir"... sacan turnos desmedidos con el reumatólogo, traumatólogo, médico clínico (y acá quisiera citar la expresión: médico de cabecera. Tengo la imagen difusa gracias al cielo, de un señor alto, pelado y con olor a eucaliptus emanando de toda su esencia, quien fuera el especialista de mi abuelita. Ibamos en el intervalo entre novela y novela siendo arrastrada quien suscribe, por las calles del barrio que me vio crecer, irme, regresar y volver a volar (Como Patricia Sosa) para llegar a tiempo. Porque en esa época, los turnos eran a horario. Ahora llegas ya con una demora de treinta y cinco minutos, y dependiendo la singularidad de la especialización veremos dilatado el encuentro por partos inesperados, accidentes automovilístico, alteraciones mentales que requieran la viva presencia del experto, etcétera, etcétera, etcétera.
Decía entonces que frente al anhelo de llegar lo mejor posible a la cresta de la ola para después bajar de manera vertiginosa bajo la acción exclusiva del campo gravitatorio, solicitamos y exigimos placas panorámicas. Sentimos una necesidad casi incontenible de exponernos a los rayos x en el rostro, torso, espalda, cintura, piernas, tórax y si nos queda tiempo también vamos al gastroenterólogo pero por una afección presente y real debido al malestar que nos ocasionó lo anteriormente descripto.
Claro que en todo esto nos olvidamos de la tan citada y eludible frase Carpe Diem. Corolario de “La sociedad de los poetas muertos”, otra de las tantas películas que me vieron crecer, grabada en VHS que nunca pudo superar la trasmutación a DVD.

No hay comentarios:

Publicar un comentario