Hoy nos convoca… bueno, me
convoca aquellos negocios que han desatado una furia inusitada, rechazo hostil
y cólera ya que al no poder evadirlos (por cuestiones básicas) y lejos de auxiliar y favorecer la rápida
compra, instan a la ira colectiva. Porque sé que a muchos les pasa, muchos lo
sufren pero pocos son los que se detienen a conversar sobre estos hechos.
Supermercados.
Grandes marcas, minimercados o
almacenes barriales. Me ponen de mal humor desde el momento en el que tengo que
ingresar en el predio en la búsqueda de un chango, que con suerte lo encuentro
en el estacionamiento, cuando no adentro. Tengo que fijarme y testear que
tenga las cuatro ruedas en condiciones (Iba a escribir “óptimas” pero me
conformo con el simple hecho que al maniobrarlo no siga la dirección contraria
a la cual lo conduzco).
Las góndolas me parecen un simple
hecho demostrativo de la implementación de maniobras psicológicas, sociales,
marketineras y de competición para solamente captar la atención del público sin
detenerse a ver si uno llega o no al artículo que se encuentra en el primer
estante. Porque está ubicado allí de manera estratégica para no ser consumido,
para no ser tomado y para no poder alcanzarlo.
Son totalmente inoportunas las
degustaciones que uno puede ver en el salón. Las más de las veces, las personas
se aglutinan alrededor de ella como si fuera noche buena y hubiera un 2x1. No
se puede transitar entre medio de tanta muchedumbre. No quiero saber qué
ofrecen porque siempre son quesos y no me divierten mucho los alimentos
cuajados. Los padres invitan violentamente a sus hijos a catar estos alimentos
cuando el único fin es volver a probar ellos mismos el producto. Las abuelas
piden solidaridad para ser atendidas con prioridad como si fuera la fila de un
Banco. Innecesario muchachos.
Los hipermercados están invadidos
de secciones que van desde pescadería, cotillón, artículos electrónicos,
indumentaria, centros de cobro rápido, ferretería y hasta calzado, en donde es
insostenible recordar el mapa mental de la última visita porque en pos de alzar
ese ímpetu consumista, alteran el orden de acuerdo a la temporada que estemos
viviendo. Se aproxima la primavera y los elementos de jardín están en primera
plana, rodeada de pinturas estableciendo un nexo casi inexorable entre el buen
tiempo y el ejercicio de pintar.
Si acontece un día lluvioso,
veremos al ingresar un sinfín de variedad de paraguas (de plástico, de madera,
de metal, reforzados, de color, lisos, transparentes), botas de lluvia
(estampadas, lisas, con taco, sin taco) y pilotos (capa, reversibles, etc.).
Conforme uno recorre las
instalaciones empieza a cargar el carrito con elementos que en su vida va a
consumir pero que están de oferta y no pueden dejarlos en sus lugares de
origen: aceites de palma, de semilla de calabaza, de sésamo; aceitunas de la
india envasadas con algún líquido raro que ya por su aspecto yo dejaría que se
pudra en el estante.
El módulo de limpieza es la
perdición de muchas señoras aunque no sé por qué derrochan energía entre
elementos que lo único que promueven es simple y llana higiene del hogar. La
mayoría de las veces eligen por color de envase, por olor de producto (y
especial cuidado con testear Míster Músculo para hornos porque tengo
conocimiento –y experiencia- que no debe inhalarse en espacios cerrados). Uno
puede vivir en un lugar con piso de material pero si la cera para el piso tiene
un aroma cautivador (¿) será un elemento más que forme parte del carrito.
Finalizando la experiencia, uno
se dirige hacia el sector de cajas. Esto es lo más irritante. Claramente, una
provocación a la violencia. La caja de 15 unidades rara vez es ágil porque la
gente se desentiende del número máximo permitido y expone frente a la cajera 17
unidades, 18… pero casi nunca se ajustan al parámetro establecido.
Hay que tener cuidado de no
involucrarse con las cajas que tienen prioridad a las embarazadas y a la
tercera edad. He sido víctima de la falsa solidaridad en donde cada vez que era
mi turno, aparecían de algún lado abuelos con bastón, mujeres amenazando dar a
luz ahí mismo, familias enteras con infantes solicitando a todo pulmón que los
carguen en brazos, al mismo tiempo que sorteaban un artículo del chango y lo
abrían sin ningún tipo de pudor. Dejo exento a los niños que se acercan a este
sector maniobrando coches hechos a su medida que están puestos en los
supermercados para que los infantes transiten por motus propio.
Las cajeras tampoco colaboran con
la -aparente- afición a estos lugares. Cuando no hay cintas transportadoras,
ellas lanzan miradas acusadoras para que uno desplace los artículos al mismo
tiempo que los sacamos del carro, intentamos no pisar al consumidor detrás de
nosotros y pretendemos ubicar el carrito de manera tal que no nos aplaste.
Llega un momento clave, al final de la compra en la que uno intenta terminar de
embolsar las cosas, pagar la operación, contabilizar el vuelto y ver que nada
haya quedado en la cinta, en el carro u olvidar una bolsa entre la montaña
blanca que ha aparecido frente a nosotros.
Nos retiramos del lugar, con las
bolsas a cuestas, cargadas como equecos porque el envío no cubre el radio en
donde vivimos; porque compramos en mayoría productos refrigerados y ellos no lo
llevan para no cortar la cadena de frío o porque sobre pasamos la hora de la
entrega en el día y la misma será al día siguiente en el rango aleatorio de 8hs
a 24hs.
Próxima nota. Perfumerías: No sé
qué ven de entretenido el ingresar en un comercio atestado de aromas en donde
la confluencia de todos los olores no hace sino acrecentar el dolor agudo, punzante
e incómodo que aparece cerca del lagrimal, en el entre cejo, provocando
malestar estomacal y no pudiendo discernir las fragancias que intentan vender
con el precio de la aduana incluido.